Verano 2021

Planificamos un viaje a Austria y terminamos en Eslovaquia. Subimos al avión y a la media hora de no partir un tipo contó los pasajeros uno a uno: un bebé se había colado. Alquilamos un Airbnb para dos y éramos cuatro. Engañamos a los del Museo de Historia del Arte haciéndonos pasar por estudiantes. Robamos unas latas en un supermercado de Salzburgo. Nos colamos tantas veces en el metro que empezamos a sentirnos mal. Pagué uno y no lo utilicé por compensar. Volvimos a hacer la del estudiante, pero en un pub y con chupitos de Jäger, y también coló. Nos lo permitieron todo. Fuimos ruidosos y bocazas. Gastamos mucho karma y a la vida le dio igual. Algo bueno hicimos también, pero esas cosas nunca se recuerdan. 

Nos liamos con el metro. Nos liamos con los trenes. Nos liamos con todo y en general las cosas funcionaban con una precisión brutal: éramos nosotros que estábamos rotos. Dormimos cinco horas de media. Andamos veinticuatro kilómetros de media. Comimos bien y bebimos mejor. Nos sentamos a orillas del río rodeados de adolescentes y uno sacó una navaja a pasear. El sol salió todos los días porque V. dice que es el efecto español. Tienen dinero, tienen cultura, tienen los mejores barrios y las calles más limpias, tienen civismo y boinas, tiene clase y buen inglés, pero no tienen el sol.

En Bratislava el Danubio bajaba como con prisa. Cogimos un tren y un autobús y nos comimos no sé cuántas horas para visitar “uno de los pueblos más bonito del mundo” y ya en el barco con el espectáculo enfrente V. dijo que igual no era para tanto. Hay que tener cuidado con las expectativas, es decir, no tenerlas. Por eso, cuando nos encontramos con el parque de atracciones más antiguo del mundo, terminamos flipando. Subimos a un castillo a pata como lo hacían los antiguos. Conocimos a un tío que quería montar un hotel donde la habitación venía con escort. Y otro que solo podía soportar la presión de su trabajo a base de coca. 

Hicimos un free tour con una señora que lamentaba la entrada de los rusos en el país y sobre todo haber perdido el mar. Visitamos jardines y palacios. No vimos el Beso de Gustav Klimt: quizá lo único que queríamos ver de verdad. No tuvimos tiempo, solo estuvimos cinco días. Fuimos al Hotel Sacher a probar la tarta dos veces y no lo conseguimos ninguna. Vimos cola en la boutique de Louis Vuitton. Una camarera nos atendió con la bandera de España de pulsera. Aprendimos que Mozart era ludópata, debía dinero y se automedicaba. Y que todo eso da igual porque el talento siempre se abre camino: compuso más de seiscientas obras. 

Para hacer cima en una ola basta con proponérselo. Para volver a trabajar cuando llevas dos veranos dentro de un verano solo basta con pensar en el siguiente. El secreto de la vida quizá sea ese: estar en el presente cuando se disfruta y estar donde te salga de los huevos cuando se sufre. Me quedo en Viena hasta que llegue Navidad. 

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