Una cama para siempre
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Una cama para siempre

Agarré la pala y la clavé en aquella zona de tierra que era como hacerlo en cemento armado. Lo había visto hacer mil veces en las películas, pero esto era otra historia. Hice un agujero del tamaño de un melón y me rendí un poco. Me dolían hasta las pestañas. Era agosto del 86. Miré a mi padre que fumaba sentado en un banco a lo lejos. Mi madre hizo el amago y le dije que no con la mirada.

Parecía que había metido las manos al microondas, me hacían daño los abdominales y no veía nada porque el polvo de la tierra se me había pegado a las lágrimas. El agujero se abrió un poco y me dio confianza. Empecé a cavar con más fuerza, hundiendo la pala una y otra vez.

Recuerdo que estaba enfadado y no sabía con quién. Quería tirarle un puño a alguien, insultar con palabrotas recién aprendidas, echar la culpa, señalar con el dedo, juntar frentes con quien había decidido su suerte.

Tenía 11 años y allá dejé a mi perra.