Manolín

Manolín ha terminado las clases y tiene todo el verano por delante. Todavía es un niño, pero no le gusta perder el tiempo. Estas vacaciones viajará a París, Lisboa, Marruecos, y si le quedan perras, quiere ir hasta la China. Lo cierto es que Manolín tiene estrella, aunque sus padres no tanto. La recesión económica ha dejado a su padre sin trabajo. Ahora se pasa horas y horas pegado a la pantalla del televisor, y cuando lleva un par de latas de más se pone como las vacas locas. Y si le dices algo, mal lo llevas. 

La madre anda desesperada y de vez en cuando se la escucha ahogar el llanto en la cocina a ritmo de Julio Iglesias. No son pocas las veces que Manolín los ha invitado a viajar a todos esos lugares únicos y extraordinarios, pero no hay manera. El último verano se puso muy pesado con Tailandia y la madre hizo el esfuerzo. Después de veinticinco minutos estaban de vuelta. 

Los amigos de Manolín son pocos y cobardes. No los ve mucho porque anda muy ocupado explorando el mundo y porque, no nos vamos a engañar, cuando queda con ellos le dan hasta en el carnet de identidad y Manolín es un niño listo: prefiere pasar una noche en Londres a una en el hospital.

Para organizar sus viajes son indispensables los libros. No hay mañana que no baje a la biblioteca a leer acerca de su próxima aventura. Le gusta imaginar lo que encontrará, pero también ser precavido. Allí lo conocen como el ratón Manolín, y él aprovecha todo ese cariño para pedir por favor, muchas veces y muy bajito, si se puede llevar uno de esos magníficos libros a casa. Y hay veces que hasta tiene suerte.

Un día Manolín creció y se graduó, y ahora trabaja nueve horas (o las que hagan falta, porque la cosa está como está) en la oficina de turismo de su pueblo. Manolín, que ahora es Manolo, ya no compra imanes en el todo a cien de su tío, ni los utiliza como portales con los que transportarse bien lejos. Ahora paga facturas y resuelve problemas pendientes con el banco. Pero los imanes todavía siguen en casa de sus padres. Pegados en la nevera como un desfile de soldados, esperando para llevarlo de regreso a todos esos lugares fantásticos un último verano.

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