Las pistas blandas

Siempre tuve miedo a enfrentarme a las cosas que me gustaban, por si resultaba ser un completo fracaso y después no sabía cómo digerirlo. 

Cuando tenía cinco años me llevaron a Aqualandia, un enorme parque acuático en Benidorm, ciudad fetiche de Iñaki Uriarte, con sus imponentes tubos llenos de giros, bajadas vertiginosas y varios pisos de alto. 

Después de todo el día poniendo excusas, en una atracción llamada “pistas blandas”, me armé de valor y proclamé a los cuatro vientos y señalando al cielo (probablemente borracho de Fanta) que iba a lanzarme desde allí.

Ya en la cola miré hacia atrás como queriendo escapar, pero mi tía que me intranquilizaba con sus palabras tranquilizadoras, y al mismo tiempo me pegaba contra su cuerpo como queriendo protegerme de lo que estaba por venir, no estuvo lo suficiente atenta como para ver que estaba a punto de desmayarme y por miedo a retirar mi palabra de caballero emprendí como Heracles mi ascenso al Olimpo.

Al llegar arriba, lo que parecía es el infierno. Nos pusimos todos en posición con las piernas rectas y los brazos cruzados sobre el pecho y a la señal del socorrista no me lancé. A la segunda intentona con, calculo medio millón de personas mirándome, me pareció que mi destino se asemejaba demasiado al de Anthony Perkins en Psicosis, y mi tía que ya esperaba abajo, se había convertido de repente en un punto indistinguible entre tantos otros; el salto de Felix Baumgartner desde la estratosfera se me antojaba en ese momento un juego de niños. Y eso que todavía no había pasado. 

El socorrista, ligeramente decepcionado, me señaló el camino por donde había venido y entre saltar desde la luna y el escarnio público elegí la segunda.  No estoy muy seguro, pero todo aquello pudo ser el inicio de un trauma que he ido arrastrando toda mi vida. Aún tengo clavadas algunas risitas, codazos entre unos y otros, y miradas de desaprobación.

He invertido mucho tiempo en intentar alcanzar lo que no me importa porque a esos niveles el fracaso y el éxito saben más o menos igual, pero de pronto no me apetece más. Uno no puede conformarse toda la vida con un fracaso, ni siquiera los fracasados nos conformamos con eso. Voy a subirme a otra «pista blanda», y a ver qué pasa.

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