La ciudad de de las sombras

Es tarde y todos duermen. Me levanto de la cama con las sábanas pegadas a la espalda y me bebo 25 litros de agua, litro arriba, litro abajo. A lo lejos, en un edificio que parece un gigante dormido, una sombra se recorta en la ventana. Otro más, pienso. 

Me quedo allí un rato, pensando en la vida de ese otro ser humano. Y entonces, ya sin sueño ni hostias, me calzo las zapatillas de recordar. Hago un par de estiramientos e inspiro por el único orificio que me funciona. Chaval, ya no estás para estos trotes, me digo. Pero merece la pena intentarlo.

Me traslado a Barcelona en un autobús repleto de niños a un verano de convertirse en adolescentes. Suelto el aire poco a poco y los recuerdos van llegando como lo hace un grupo de borrachos; desordenados, borrosos y mezclados. Entonces algo hace clic en mi cabeza. Y, con el gustito de esa brisa reservada para altas horas de la madrugada, empiezo a recordar. 

— La sonrisa de un amigo mientras roba una navaja en un mercadillo con la frialdad de un espía ruso infiltrándose en campo enemigo. Todavía hay noches que me despierto entre taquicardias pensando que lo detienen. 

— Perseguir el Ebro con la mirada desde el autobús y flipar con esa herida de agua en mitad de la tierra. Antes se flipaba uno con cualquier cosa.

— Retar a unas niñas del Norte a los bolos y no poder aguantarnos las lágrimas al palmar de forma estrepitosa. Qué manera de jugar. No descarto que estuvieran en Barcelona para una competición internacional.

— El parque ese lleno de mierda que hay detrás de la Sagrada Familia. Ni la fachada vieja. Ni la luz interior. Ni la amplitud. Ni la historia. Ni pajas mentales. El parque. Hasta arriba de mierda. 

— Un amigo engominándose la cresta para pasar el control de altura en el Dragón Kan. 

— El mismo amigo, poseído por la emoción de burlar la seguridad, practicando diana a salivazos en cada uno de los loopings de la atracción. Apoyándose en la física para bañarnos la cara. El muy hijo de Newton.  

— Llorar a moco tendido porque mis compañeros no me dejaban entrar en la habitación. Ya me veía durmiendo en uno de aquellos pasillos interminables estilo El Resplandor. 

— La vergüenza de llamar a mi madre por la cabina y decirle que “si, que yo también” y todo eso”, mientras una fila de niños esperaba su turno.

— Canjear el bono para comer en Port Aventura y recibir unas patatas fritas mustias y un mini bocadillo con la consistencia de un ladrillo. Salir completamente derrotado y ver como un amigo recibía una hamburguesa enorme en el restaurante de enfrente.

— Agobiarme con el regalo para mi madre y terminar en el Aquarium de Barcelona comprándole una bola de cristal con un par de delfines dentro a precio de Bitcoin. Diez años después mi hermano hizo el mismo viaje y terminó comprando el mismo regalo. Confirmando que la tontería se transmite de generación en generación.

— Desayunar cada mañana un revoltillo de zumos hasta dar con EL ZUMO. A esas edades uno todavía cree que “inventor” puede ser un trabajo de futuro. Para llegar hasta ahí, como buen alquimista, tuve que beber cosas que harían vomitar a una cabra.  

— Volver a Alicante sabiendo, como los niños de Stand By Me, que todo cambiaría. 

Los recuerdos son libros de hojas amarillentas y polvo acumulado esperando a que los rescates de la biblioteca de tu memoria. Y aunque yo ya no esté hecho para estos trotes, en las noches de verano, que son las noches idóneas para estas cosas, alguna que otra vez desempolvo mis viejas zapatillas y salgo a recordar.

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