Emojis, cuidado ahí

Domingo random de verano. Maquillando mi curriculum vitae. Me gusta ponerlo así: curriculum vitae. Todo entero. Que parezca que sé latín. Que tengo algo de cultura. También ando vistiendo mi portfolio. No sé cuándo me he convertido en un profesional de la moda, pero en esas estamos. ¿Fuera? 40 grados. ¿Dentro? 35, no te vayas a creer. Los pobres tenemos aire acondicionado. Lo que no tenemos es dinero para ponerlo. 

En fin, un domingo random, decía. Un día de estos que no recordaré en septiembre. Y si me apuras se me olvida mañana. El típico día intrascendente que me vendrá a la mente con 80 tacos postrado en la cama. No sé por qué, pero me lo veo venir. A veces son estos, los días normales, los peores de todos: silenciosos, letales, felices.

Volviendo a lo profesional, en el apartado idiomas me ha entrado una duda: no sé si colocar como idioma, por aquello de rellenar cual pavo, el lenguaje emoji. No diría que lo manejo con la soltura de un adolescente, pero para un nivel intermedio –de ese que nos gusta tanto pregonar– sí que me da. 

El emoji me ha dado muchas tardes maravillosas en su escenario fetiche: Instagram. Pero me lo estoy dejando porque con los emojis pasa como con todo en la vida; cuando empiezas a utilizarlos en exceso se hacen imprescindibles y te empiezas a dar cuenta que ya no sabes vivir sin ellos. 

Se empieza por sustituir algunas palabras: ya no dices te quiero, mandas un corazón; ya no dices “vale” o su versión internacional “okay”, sino que utilizas el pulgar para arriba. ¿Para la fiesta? Metemos la flamenca. ¿Para un día de verano? El solazo ese que parece diseñado por mi primo de 5 años (sí, el mismo que puede pintar un cuadro a lo Picasso). ¿Para hacer la del tímido? El monito que se tapa los ojos. Y así me puedo tirar hasta mañana que me estoy dando cuenta que igual puedo hacer un experimento como el programa de Samanta: 21 días solo con emojis.

De la droga se sale, del emoji no estoy seguro. Ya van varios días que intento responder por WhatsApp sin ellos y no me sale. Si no los meto ahí, al final de la frase, parece que estoy serio. Ahora no se puede estar serio porque parece que estás triste y la felicidad no es una opción en las redes sociales sino una necesidad.

Así que no sé si lo calzaré en el curriculum vitae, lo que sí sé es que es domingo y mañana olvidaré todo esto. El calor se marchará y vendrá septiembre, luego otro, y luego otro más, y un día tendré 80 años y de pronto… ese día silencioso, letal, feliz. Hay emociones que ni los emojis pueden representar. 

Ilustración de Cristina Paleari.

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