El hijo del colibrí
66
post-template-default,single,single-post,postid-66,single-format-standard,bridge-core-2.5.3,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,vss_responsive_adv,vss_width_768,qode-content-sidebar-responsive,transparent_content,qode-theme-ver-23.8,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-6.4.1,vc_responsive,elementor-default,elementor-kit-5

El hijo del colibrí

Cuando le preguntaban: ¿Adónde vas, Jacinto? Él siempre respondía: A ver al colibrí.

En el pueblo ya no le creía ni el más santo y empezaban a sospechar que se le había aflojado alguna tuerca de la azotea.

Pero no ves que allí no hay nada, Jacinto. Qué es un secarral, le repetían todos.

<<Ya están estos cabrones>>.

Una mañana de verano, a hurtadillas de mi madre, me llevó a ver al colibrí. Nos sentamos sobre unas piedras a los pies de la Font Roja y me señaló unos geranios a una distancia de 10 metros.

—Aquí calladitos, que el bicho se asusta mu’ rápido.

Nos repartimos un poco de pan y chocolate y esperamos. Veinte minutos después, me dio unos golpecillos sobre la rodilla, chist, mira, mira, allí está. Se le iluminaban los ojos al pobre.

—Es precioso, ¿verdad?

—Y tanto, papá.

Antología de relatos desde casa «Relatos confinados» 2020