LA CASA QUE LLAMARÉ HOGAR

Un día escribí en las notas del móvil: todavía no conozco la casa que llamaré hogar. 

Hoy, mientras me apretaba dos yogures a punto de caducar y decidía qué hacer con un par de cactus medio muertos que tengo en la estantería, la marea del pensamiento lo ha traído de vuelta. Pero esta vez he llegado a una conclusión distinta. 

Y no es que porque haya encontrado la casa de mis sueños (no está el mercado en Idealista como para darme tan tremendas alegrías) sino porque siempre ha estado ahí: hablo de la casa de mi infancia. 

En mis recuerdos está hecha de nubes comestibles. Gasta la misma luz que el paraíso. Duermo cada noche sin consultar nada con la almohada. Tengo un puntero láser y siempre acierto a los que pasean por el parque.

En mis recuerdos la Tosta Rica sabe a estrella Michelin. La patata caliente del Gran Prix nunca explota. Tengo energía Duracell. Juego al escondite con los fantasmas del armario.

En mis recuerdos marco veinticinco goles por partido en el FIFA 99. Nunca me voy a la cama sin cenar. Los capítulos de Dragón Ball son cada vez mejores. No sé qué es eso del vértigo ni la ansiedad.

En aquella casa son todos más guapos, más altos, más jóvenes, más felices, menos preocupados. 

Mi padre me coge en brazos sin esfuerzo. Mi madre sabe todas las respuestas. La muerte solo es un personaje más en los dibujos animados. 

La gente se sorprende y se quiere por fuera de las pantallas y bailan pegados y el tomate sabe a tomate y los petardos tienen su gracia y en la orilla hay peces de colores y la vida te permite aburrirte un poco cada poco.

En aquella casa el tiempo sabe a canela y a chicle Boomer. Sabe a Dalsi y a Juanolas. Suena a moto gorda y a radio sin sintonizar. Tiene una consistencia diferente como de caldo a fuego lento. Y una velocidad de muy pocos megapixeles. 

Para volver a la casa que llamaré hogar tendría que descorrer el tiempo, estar muy fuerte de piernas, andar muchos kilómetros hacia atrás, llamarme Benjamin, apellidarme Button.

Para volver no es suficiente con ajustar los tiempos verbales, amasar pan o invocar a las brujas. No es suficiente con creer que todo se puede.

Para volver hay que leerse los párpados, escuchar a los pájaros que todavía tienen algo que decir, chocarle los cinco al futuro. Solo así se marcha la casa y vuelve el hogar.

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