EL LIBRO QUE NO TE REGALÉ

EL LIBRO QUE NO TE REGALÉ

Vivías rodeada de libros. Eran como pequeñas boyas a las que agarrarte cuando el mar de la vida venía picado. Los tenías desparramados por aquel ático que cabía en la palma de mi mano. Empezabas todos a la vez, sin orden ni concierto, como en esa escena inicial de ‘Marriage Storie’ donde Scarlett Johansson se deja tazas de café en cada esquina de la casa.  

Los encontraba debajo de la almohada y dentro del frigorífico. Los tenías formando figuras geométricas en la habitación de invitados porque ellos eran los invitados. Más de una vez, al ir a agarrar el champú, pescaba un libro empapado y medio herido. 

Cuando afuera diluviaba, nos acomodábamos en el sofá y jugábamos a imaginar la vida de todos aquellos escritores. Nos poníamos una copa de vino tinto y los sacabas a bailar. A los libros, claro. Ya sabes que yo me muevo con la gracia de una figura de futbolín.

Pedíamos pizza. Solo margherita. “Es como darse un chapuzón en el pasado”. Te asomabas tan peligrosamente al pasado, que a veces, me daba la sensación de que te perdería para siempre. Y no andaba mal encaminado. Eras muy moderna y muy nostálgica. “No hay nada más moderno que la nostalgia porque nada hay más antiguo que el futuro», que diría Diego Garrocho.

Me pedías libros raros al oído, como se dicen los secretos cuando eres un niño. Libros de esos que solo se encuentran en las bibliotecas de Sabina o Luis Alberto de Cuenca. Había noches que me despertaba entre sudores y taquicardias, y no te contaba que había estado en Alejandría rescatando libros para ti. 

Querías recuperar algunas voces. Algunas quinientas. Darles una segunda vida a sus autores. A veces, me sorprendía a mí mismo intercambiando correos con un señor al otro lado del mundo, en busca de esos libros que ya no leía nadie y se apagaban en las estanterías de los almacenes.

“Sé cuál es el miedo.

El miedo no es por lo que se pierde.

Lo perdido ya está en la pared.

Lo que se pierde ya está detrás de las puertas cerradas.

El miedo es por lo que aún está por perderse.”

Sospecho que leíste muy temprano ‘La sombra del viento’. Y que el verde de tus ojos podía conseguir que yo hiciera cualquier cosa. Sospecho que algún escritor de esos malditos te robó el corazón, y alguna cita arrancada de un blog perdido, la memoria. Eras como esas películas viejas que ya nadie ve, pero que todos adoran. Nadie te entendía, y tampoco hacía falta. 

Algunas noches al volver a casa con un par de copas de más me preguntabas sobre mi novela. Creías que yo podía escribir algo. Sabías que solo borracho podría animarme a levantar una catedral de palabras. 

–El mundo no necesita otro escritor. 

–Deja al mundo decidir eso.

Ahora no sé por dónde andas. Quizá en Alaska, viendo como los salmones remontan el río para desollar. Porque tú siempre fuiste muy de volver a los lugares que te hicieron feliz.

Yo también soy de volver a esos lugares aunque sólo sea para descubrir que allí queda poquita cosa, aunque sólo sea para terminar el libro que no te regalé. 

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