EL HIJO DEL COLIBRÍ

Cuando le preguntaban: ¿Adónde vas, Jacinto? Él siempre respondía: A ver al colibrí.

En el pueblo ya no le creía ni el más santo y empezaban a sospechar que se le había aflojado alguna tuerca de la azotea.

Pero no ves que allí no hay nada, Jacinto. Qué es un secarral, le repetían todos.

<<Ya están estos cabrones>>.

Una mañana de verano, a hurtadillas de mi madre, me llevó a ver al colibrí. Nos sentamos sobre unas piedras a los pies de la Font Roja y me señaló unos geranios a una distancia de 10 metros.

—Aquí calladitos, que el bicho se asusta mu’ rápido.

Nos repartimos un poco de pan y chocolate y esperamos. Veinte minutos después, me dio unos golpecillos sobre la rodilla, chist, mira, mira, allí está. Se le iluminaban los ojos al pobre.

—Es precioso, ¿verdad?

— Y tanto, papá.

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