UN DIA DE LOS DE ANTES

UN DIA DE LOS DE ANTES

Eran las 7 de la tarde y comenzaba a atardecer. Los colores, como nadadores saltando a una piscina infinita, se entremezclaban salpicándolo todo de naranjas, violetas y rojos. Caminábamos por la Gran Vía medio absortos, medio enamorados, sonriéndole a todo el mundo, señalando luces y carteles, identificando lugares que alguna vez habíamos visto en series y películas. Esperando al semáforo, me miré en una de esas grandes vitrinas llenas de bolsos, vestidos y efectos especiales: todo era viejo en mí, solo yo era joven. 

Hay que ver qué tonos más bonitos le da la contaminación al cielo, me dijo. 

–Esto debe ser obra de algún pintor.

–¿Cómo?, le pregunté.

–Sí, yo creo que allá arriba se turnan el cielo.

<<Pues hoy debe ser cosa de Turner>>, pensé. Pero no se lo dije. Siempre tenía miedo de parecer un tonto delante de ella. 

Paramos a tomar un bocado. Tenía algo en su forma de comer de princesa de cuento. Lo hacía con la ligereza de los pájaros que se arremolinaban a nuestro alrededor. Nos agarramos a recuerdos y anécdotas de otros tiempos como lo hacen las personas que ya no se frecuentan pero que compartieron un pasado. Y hablamos, hablamos y hablamos. Nada pretencioso. Nada didáctico. Nada particularmente profundo. Al terminar pagamos y esperando el cambio me dijo que se iba a morir.

–Como todo el mundo, le dije.

–No, lo que quiero decir es que sucederá pronto.

–¿Y cómo lo sabes?

–No tengo forma de explicarlo, son cosas que se sienten aquí dentro, dijo golpeándose el pecho con un puño.

–No digas tonterías, Carmen.

Ella sonrío para tranquilizarme. La suya era una sonrisa triste impresionante. Solo un tiempo después lo comprendí. 

El cielo se tiñó de oscuro y me dijo que tenía que volver a casa a preparar la maleta. La acompañé hasta la estación y la dejé haciendo cola para subir al autobús. Nos despedimos sin dramatismos, la volvería a ver mil veces. La vi a lo lejos peleándose con uno de esos teléfonos tecnológicos de ahora. Enfrascada en seguir viviendo en el presente. Hay que seguir viviendo mientras estamos vivos, me diría. Y hacía lo correcto. 

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